Economía circular, la alquimia del siglo XXI
ReportajeDurante décadas, la economía circular fue una promesa académica que apenas salía del laboratorio. Hoy, es una oportunidad inigualable para la industria. Rediseñar el modelo productivo en un momento en el que confluyen la crisis climática, la inestabilidad geopolítica y las dependencias de materias primas es el camino más directo hacia la ansiada autonomía estratégica.
Desde tiempos inmemoriales, el ser humano ha soñado con transformar el mundo. En la Edad Media, los alquimistas intentaban transformar el plomo o el mercurio en oro que les diera fama y fortuna; hoy, trabajamos para convertir la batería de un coche eléctrico en materias primas que nos permitan fabricar la siguiente y evitar la extracción de más recursos naturales. En esencia, la economía circular es la alquimia moderna que el planeta nos reclama: no crear riqueza de la nada, sino intentar que la riqueza que ya existe no se pierda.
Aunque es un concepto conocido en el ámbito académico, su aplicación industrial es relativamente reciente debido, en muchos casos, a la complejidad técnica de integrarla. Hoy, sin embargo, hay tres presiones que convierten a la economía circular en algo ineludible: la emergencia climática, la fragilidad de las cadenas de suministro globales y la prioridad de impulsar una autonomía estratégica europea en aspectos como la defensa o la transición energética.
Pero para entender su alcance conviene despejar primero un malentendido habitual: la economía circular no empieza ni termina en el contenedor amarillo. Aún hoy es frecuente confundirla con la gestión de residuos. Teresa Domenech, profesora de Ecología Industrial y Economía Circular en el University College London y coautora del Informe para el Cambio Estratégico en Economía Circular encargado por el Ministerio para la Transición Ecológica, explica que el reciclaje es, de hecho, el último recurso. «Desde el punto de vista técnico, es la opción a la que vamos si no podemos hacer nada más», afirma sin titubeos. Lo que propone la economía circular es una reordenación jerárquica de las estrategias industriales: diseñar productos que no generen residuos, alargar su vida útil mediante el mantenimiento, la reparación y la remanufactura, y solo al final, reciclar. Son las nueve R, que organizan la ambición circular de mayor a menor valor recuperado: rechazar, repensar, reducir, reutilizar, reparar, restaurar, remanufacturar, reciclar y recuperar. «Si la economía circular se entiende bien, puede generar oportunidades económicas muy importantes. Pero eso implica grandes transformaciones estructurales», subraya Domenech. Dicho de otra forma, una sola empresa no puede hacerlo sola: se necesita un cambio de sistema, y la política pública juega un papel central para que ese cambio sea posible y rentable.
El II Plan de Acción de Economía Circular estima una inversión de más de 1.800 millones de euros
España acelera: sectores, palancas y un mercado que ya existe
A su ritmo, la arquitectura regulatoria va tomando forma. En enero de 2026, el Consejo de Ministros aprobó el II Plan de Acción de Economía Circular, con 105 medidas y una inversión estimada de 1.884 millones de euros. En paralelo, la Fundación Biodiversidad ha movilizado 150 millones de euros para impulsar 115 proyectos de economía circular en el sector del plástico; y, en el horizonte europeo, la Comisión tiene previsto presentar en el tercer trimestre de 2026 su futura Ley de Economía Circular —la Circular Economy Act— para reforzar la autonomía de la Unión en materias primas críticas.
Cristina Rivero, directora general del Club Español de la Energía (Enerclub), reconoce que el impulso normativo existe, pero advierte: «Adaptarse a ese marco no es sencillo; se requiere además un cambio importante en los hábitos de consumo». Especialmente en el caso de la industria, opina, la integración de la circularidad tropieza con la estructura del tejido empresarial español, dominado por pymes con capacidad de inversión limitada y menor acceso a la tecnología necesaria.
Eso sí, no todos los sectores parten del mismo punto. La experta identifica en la metalurgia, la química, la automoción, la construcción y la agroindustria un gran potencial circular inmediato al contar con materias primas susceptibles de ser valorizadas dentro de sus propios procesos y con empresas de escala suficiente para asumir inversiones en innovación. En el PERTE de economía circular, los sectores prioritarios son el textil, el plástico y el energético, especialmente urgente –los primeros aerogeneradores y paneles solares instalados están llegando al final de su vida útil–.
Manuel Guerrero, director ejecutivo de la Fundación para la Economía Circular, añade la construcción como uno de los sectores con mayor potencial inmediato para integrar materiales como yeso, acero o vidrio en mercados secundarios. También señala algunas palancas esenciales: el ecodiseño, para que los productos nazcan ya pensados para durar, repararse o reciclarse; la responsabilidad ampliada del productor, que obliga a las empresas a hacerse cargo del impacto de sus bienes al final de su vida útil; la compra pública verde, capaz de crear demanda para soluciones circulares; o la servitización, ese modelo por el que el usuario paga por el uso de un bien en lugar de poseerlo, lo que incentiva que ese bien dure el máximo posible. «Si una lavadora nueva es más cara que reparar una existente, se favorece la reparación y el diseño duradero».
Mientras los marcos normativos se consolidan, en el ámbito industrial, millones de consumidores sostienen un mercado en auge: el de la compraventa de productos reutilizados, que en España ya supone 13.000 millones de euros anuales, el equivalente al 0,86% del PIB, según datos de Wallapop. Solo en 2025, la compra de productos reutilizados en vez de nuevos por sus usuarios contribuyó a ahorrar 473.000 toneladas de CO2, 16.900 millones de litros de agua y 72.900 toneladas de metales.
«La economía circular ha dejado de ser un concepto teórico para convertirse en una realidad económica y social. El consumidor no solo quiere comprar de forma consciente, sino que busca productos que resistan el paso del tiempo», señala Pol Fàbrega, responsable de Sostenibilidad de Wallapop. Para él, el cambio de mentalidad que reflejan esas cifras es también una oportunidad para actividades económicas adyacentes –verificación, reacondicionamiento o logística inversa– y para la industria: la reutilización no implica solo consumir de otra manera, sino que empuja a producir de otra manera. «Si los productos están pensados para tener varias vidas, se incentiva el diseño de bienes más duraderos, reparables y de mayor calidad», explica.
La compraventa de productos reutilizados en España supone 13.000 millones de euros anuales
La circularidad como seguro geopolítico
Sin embargo, quizá ningún argumento ha impulsado más la agenda circular industrial que el de la dependencia exterior y la autonomía estratégica. En un mundo en el que el acceso a minerales críticos —como el litio o el cobalto— y a tierras raras influye de forma significativa en los movimientos geopolíticos, la capacidad de recuperar esos materiales equivale a tener una mina urbana propia.
Cristina Rivero cita el ejemplo de Japón, que desarrolló una industria puntera del reciclaje de materias primas para proteger su economía tras una disputa diplomática con China. En el caso español, aproximadamente un tercio del consumo de materiales requiere importación, lo que subraya la relevancia estratégica de apostar por la circularidad. «En el ámbito industrial y energético, la circularidad tiene el potencial de reducir la intensidad energética de los procesos productivos y de disminuir la exposición a la volatilidad de los precios de las materias primas importadas», explica.
Domenech coincide y desarrolla el argumento con el ejemplo de las baterías: si un fabricante, en lugar de vender la batería con el vehículo, ofrece un modelo de leasing, puede recuperarla al final de su vida útil y extraer de ella la mayoría de los minerales críticos que contiene. «Como fabricante, eso te da acceso garantizado a materiales que, de otra manera, podrían estar sometidos a restricciones en los mercados internacionales». La investigadora va más lejos en su análisis de las consecuencias de la pérdida de base industrial en Europa. «Cuando pierdes el sistema industrial, no solo pierdes la fabricación: pierdes también el conocimiento asociado a la fabricación. Estás trasladando ese conocimiento a otra economía». Por eso, insiste en señalar la circularidad como una herramienta para mantener el sistema productivo local y, con él, la capacidad de procesar, remanufacturar y reciclar en territorio europeo.
La economía circular no es una utopía de laboratorio. Es algo que ya ocurre en el sector industrial, en los barrios y en las políticas públicas. Lo que falta, coinciden los expertos, es velocidad y coherencia. Y que las carteras de Industria, Trabajo y Medio Ambiente hablen el mismo idioma, porque la agenda circular atraviesa todo el sistema económico.
Si los alquimistas buscaban una transmutación mágica, lo que propone la economía circular es mucho más modesto: cambiar las reglas del juego para que la materia no muera nunca del todo. Al final del proceso no se obtiene oro, pero sí algo extremadamente valioso: un modelo industrial capaz de seguir funcionando de forma sostenida y sostenible en un planeta con recursos finitos.