Los nuevos mapas de la hegemonía global
TribunaPor Xan López (*)
En 1956, el bloqueo del canal de Suez reveló el fin de una forma de dominación trinitaria basada en una moneda (la libra esterlina), una forma de energía (el carbón) y la primacía militar, proporcionada en los océanos por la Marina Real británica. Fue el punto final simbólico de una transición hegemónica que llevaba gestándose varias décadas, en el que por fin todo el mundo reconoció la superación de una situación que se ha llamado la trampa de Kindleberger: el poder hegemónico vigente es incapaz de proporcionar “bienes públicos globales”, como la seguridad o el comercio internacionales, y ninguna otra gran potencia quiere o puede llenar el vacío resultante. El nuevo hegemón trinitario estaba entonces ya plenamente consolidado, y traía consigo una nueva moneda (el dólar estadounidense), una nueva forma de energía (el petróleo) y una nueva primacía militar (en los océanos, la Armada de los Estados Unidos no tiene rival). El mundo que se consolidó con aquella humillación del Reino Unido es el mundo en el que hemos vivido, mutatis mutandis, en los últimos 70 años.
Los seres humanos sentimos una tentación irresistible de dar un sentido racional a los patrones que detectamos en el mundo. Dejándonos llevar por este instinto, no es complicado encontrar algunos paralelismos asombrosos entre aquella crisis del siglo pasado y la presente crisis en el Estrecho de Ormuz. De nuevo, una potencia regional es capaz de poner en jaque al hegemón global bloqueando un paso marítimo estratégico. De nuevo, los pilares de esa hegemonía –el petróleo, el dólar y la Armada estadounidense– parecen sorprendentemente vulnerables. ¿De nuevo, quizás, otra potencia trinitaria se prepara para tomar el relevo? Se han escrito ríos de tinta sobre la aparente regularidad de las transiciones hegemónicas, sobre este prolongado interregno de debilidad estadounidense que, inevitablemente, será sucedido por el ascenso de China como la próxima gran potencia mundial.
«La energía del sol y el viento es abundante e imposible de monopolizar, y abre la posibilidad de superar siglos de disputa por lo escaso y de bloqueos energéticos»
En este punto, es aconsejable la cautela. El ser capaces de ver un patrón, incluso uno que se ha repetido en varias ocasiones, no nos asegura su repetición en el futuro. Hoy en día parece claro que no existe ninguna potencia preparada para asumir el papel de nuevo hegemón global, ninguna nueva trinidad que estructure la gobernanza mundial. En el plano militar, nadie está preparado para heredar la proyección de fuerza estadounidense, pero además los últimos avances en tecnología militar –especialmente la nueva generación de drones y misiles balísticos– hacen que ni siquiera Estados Unidos pueda ya utilizar plenamente esa fuerza sin arriesgarse a sufrir costes inaceptables. En el plano monetario, no existe por el momento la voluntad de articular una alternativa creíble como moneda de reserva mundial. China no desea liberalizar su economía, y la otra alternativa plausible, la Unión Europea y su euro, no desea dotarse de la institucionalidad estatal que haría a su moneda un reemplazo creíble. Ni siquiera el hecho de que Estados Unidos haya comenzado a utilizar estos dos pilares como armas de coerción directa contra amigos y enemigos parece acelerar el nacimiento de alternativas.
El impasse es profundo. Es en el otro pilar, el de la energía, donde sí estamos viendo lo más parecido a una “transición hegemónica ordenada”. Las ventajas de las energías renovables y la electrificación de la modernidad industrial, que conjuntamente podemos llamar paradigma electrotécnico, son tantas y tan abrumadoras que su victoria parece cada vez más inevitable. La energía del sol y el viento es abundante e imposible de monopolizar, por lo que se abre la posibilidad de superar siglos de disputa por lo escaso y de bloqueos y boicots energéticos. La electrotecnia es una manufactura modular, lo que permite aprovechar las curvas de aprendizaje típicas de todo proceso industrial y reducir costes de forma agresiva con cada salto de escala. La situación es radicalmente diferente en el mundo fósil, en el que los costes aumentan cuanto más combustible se extrae de la tierra y en el que los avances técnicos pueden, en el mejor de los casos, hacernos ganar unos pocos años adicionales de precios soportables. La electrotecnia también es mucho más eficiente que la quema de combustibles fósiles, en donde dos terceras partes de la energía se desperdician en forma de calor residual, lo que posibilita grandes saltos de productividad y competitividad internacional.
«Los viejos mapas no son del todo fiables en este momento de incertidumbre radical: son tiempos excelentes para disputar y construir el futuro»
Todas estas ventajas, gracias a décadas de paciente política industrial china, están ahora disponibles en el mercado internacional para todo aquel que desee aprovecharlas. Todos los países que dependen de la importación de combustibles fósiles pagados en dólares estadounidenses –esto es, la inmensa mayoría de países del mundo –están transicionando lo más rápido posible al nuevo paradigma electrotécnico, azuzados cada no demasiados meses por una nueva crisis internacional. Las curvas de adopción son especialmente aceleradas en aquellos lugares que han sufrido particularmente esa dependencia, dándole la vuelta al consenso anterior que siempre había asumido que los países más ricos transicionarían primero y tendrían que ayudar al resto a dar ese paso.
Los viejos mapas no son del todo fiables en este momento de incertidumbre radical. Los fundamentos de la “nueva energía” –renovables, baterías, electrificación– son sólidos, pero su adopción todavía depende de una mínima estabilidad que permita el comercio de materiales y productos, que a su vez depende de unos pilares –entre ellos el militar y el monetario– en los que cada vez podemos ver más grietas. No estamos en Suez, donde un viejo mundo muere y es sustituido inmediatamente por otro que ha nacido tras un terrible y largo parto. En Ormuz, la capacidad de navegar el presente no depende de la consulta piadosa de viejas certezas, sino de una combinación frágil de principios e instinto. Son tiempos excelentes para disputar y construir el futuro.
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Xan López es responsable del área de análisis económico y nuevas tecnologías del Instituto Meridiano de Políticas Climáticas y Sociales. Además, es cofundador y coeditor de la revista Corriente Cálida y autor de El fin de la paciencia. Un ensayo sobre política climática (Anagrama, 2025).