
Menos ruido y más inversiones para el futuro industrial europeo
TribunaPor Bianca Dragomir (*)
La transición energética es ahora o nunca: concretar un futuro verde nunca ha sido tan urgente. Mientras Estados Unidos y China compiten sin complejos por el liderazgo industrial y amplían su distancia con respecto al resto del mundo, Europa continúa sumida en su interminable bucle de reflexiones sin concretar las medidas e inversiones que nos permitan conquistar ese horizonte energético que es también una esperanza de desarrollo económico, laboral y social. La humanidad está inmersa en una carrera de obstáculos para desarrollar la innovación precisa que dé respuesta a las preguntas que nos lanza un planeta cada vez más agotado por el impacto de los viejos recursos fósiles. Pero hay otra carrera igualmente decisiva: la de lograr inversiones que se materialicen en fábricas, en empleos de calidad y en desarrollo ciudadano.
Los países europeos tienen la oportunidad histórica de abanderar la gran revolución industrial de este siglo. En ese avance sin precedente, España lo tiene todo para ostentar un papel preponderante. Es actualmente una de las economías más dinámicas de Europa, en buena parte gracias al impulso de las energías limpias: en 2024 fue la primera gran economía europea en superar el 50% de generación renovable. Esa ventaja empieza a traducirse en hechos diferenciales como electricidad más competitiva, mayor atracción de inversiones, creación de empleo, cuestiones que llevaron a España a ser una de las economías con mayor crecimiento de la Unión Europea , con un ecosistema de startups que ha duplicado su valor en cinco años, al igual que lo ha hecho la inversión tecnológica. Sin embargo, esta oportunidad no se consolidará sola. La nueva industria limpia no se instalará donde haya más ambición declarativa, sino donde existan mejores condiciones para invertir, desplegar y escalar. Y en esa carrera, la capacidad de atraer inversión determinará el nuevo mapa industrial europeo.
«La inversión se dirigirá hacia donde se construya la nueva industria limpia, y quien lidere esa atracción inversionista liderará también la industria durante la próxima década»
Europa sabe innovar: genera cerca del 22% de las ideas innovadoras del mundo en tecnologías limpias, pero apenas convierte ese liderazgo en un 7% de los productos que llegan al mercado. Tenemos talento, capacidad científica y tecnologías punteras, pero, con demasiada frecuencia, son otros países quienes transforman esa innovación en fábricas, empleo y soberanía industrial. El problema no está en la innovación, sino en lo que viene después: en la capacidad de convertir una buena tecnología en un proyecto financiable, en una planta operativa y en una cadena de valor consolidada. En definitiva, en pasar del laboratorio al mercado y del piloto a la fábrica.
Las cleantech son las fábricas del futuro – almacenamiento, hidrógeno verde, acero verde, fertilizantes limpios, reciclaje avanzado, combustibles sostenibles–, pero son tecnologías intensivas en capital, con plazos largos y perfiles de riesgo muy distintos a los que domina el capital de crecimiento tradicional. Y ahí aparece una de las grandes paradojas de esta transición: el capital existe, pero no siempre está diseñado para construir industria.
«Financiar la descarbonización industrial no consiste solo en movilizar más dinero, sino en estructurarlo mejor y combinar capital público y privado de forma inteligente»
Europa no tiene un problema de liquidez sino de arquitectura financiera. En el continente hay en torno a 37 billones de euros de capital privado, por lo que el reto no es la ausencia de dinero, sino la falta de instrumentos para canalizarlo hacia las fases más difíciles del escalado: las rondas de crecimiento, los primeros despliegues comerciales y el llamado “valle de la muerte” de la industrialización. Esto se aprecia con claridad en la península ibérica. Aunque los fondos de la coalición Cleantech for Iberia gestionan conjuntamente más de 1.000 millones de euros y el pipeline de innovación es sólido, con más de 500 nuevas cleantech, muchas de esas empresas siguen encontrando enormes dificultades para acceder al capital que necesitan. No porque falte interés, sino porque faltan mecanismos eficaces de mitigación de riesgo, como garantías, inversión público-privada combinada o contratos por diferencias. El resultado es que las startups españolas siguen recibiendo un 70% menos de inversión privada que sus equivalentes en Alemania o Francia, donde sí existen herramientas específicas para acompañar el escalado industrial.
España y la península ibérica tienen, pese a todo, una oportunidad extraordinaria. En 2025, la inversión en tecnologías limpias innovadoras alcanzó los 768 millones de euros, un récord histórico. Hay apetito inversor, una base industrial relevante y energía renovable abundante y competitiva, pero la escala que exige la transición es de otra magnitud: para cumplir los objetivos de 2030, España necesitará movilizar del orden de 50.000 millones de euros adicionales al año. No hablamos de un ajuste incremental, sino de un cambio de dimensión en la forma en que financiamos y desplegamos la transformación industrial.
Ese salto no se producirá por inercia. El capital evalúa condiciones muy concretas como acceso a energía competitiva, permisos predecibles, estabilidad regulatoria, acceso a red y visibilidad de demanda. Sin esas señales, la industria se construye en otro sitio. Financiar la descarbonización industrial no consiste solo en movilizar más dinero, sino en estructurarlo mejor y combinar capital público y privado de forma inteligente, diseñar instrumentos que absorban parte del riesgo en las primeras fases y reducir la incertidumbre para que el capital privado pueda entrar con mayor volumen. Europa no necesita más pilotos. Necesita más despliegue, más escala y más fábricas. La inversión se dirigirá hacia donde se construya la nueva industria limpia, y quien lidere esa atracción inversionista liderará también la industria durante la próxima década. Europa aún tiene esa oportunidad encima de la mesa. Y con ella, España puede capitanear esta nueva revolución industrial que, dentro de muchos años, se estudiará como uno de los grandes hitos del siglo XXI. Ser protagonistas de la Historia aún está en nuestra mano.
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Bianca Dragomir es directora de Cleantech for Iberia. Fue asesora del vicepresidente de la Comisión Europea y de la comisaria europea de Industria, Emprendimiento y Pymes. Además, fundó la primera aceleradora europea de clústers industriales.