AXIS Horizonte Industrial

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Axis Horizonte Industrial - Fachada Europa

Rehacer la fábrica de Europa

Tribuna

Por Paolo Gerbaudo (*)

A Europa le acecha hoy un fantasma aterrador: el de su propio colapso industrial y la bancarrota moral que lo acompañaría. El continente que alumbró la Revolución Industrial está siendo reducido a una economía marginal que vive cada vez más del turismo, el patrimonio y los servicios de bajo valor añadido; una Europa de fábricas cerradas, empresas manufactureras al borde de la quiebra y obreros en el paro, mientras sus ciudades son transformadas en museos a cielo abierto, repletas de pisos turísticos y atravesadas por hordas de turistas en tuk-tuks. Esta visión de terror podría ser el primer paso para volver a invertir en el sistema industrial que fue un tiempo el orgullo del continente. Sin embargo, nombrar un fantasma no basta para exorcizarlo, y reconocer errores en abstracto tampoco es suficiente: es imprescindible enfrentarse a los intereses económicos y políticos que los han producido, un ejercicio mucho más doloroso que una simple admisión de culpa.

Una aparición de ese fantasma la encontramos en Alemania, símbolo mundial de la excelencia manufacturera europea, sumido en una profunda crisis industrial. Desde 2025, ha perdido aproximadamente 200.000 empleos, muchos en el sector del automóvil, emblema del capitalismo industrial europeo durante décadas. Hoy ese sector recoge los frutos de una década de austeridad continental y baja inversión en nuevas tecnologías, apuntalando la idea de que a veces “ahorrar” dinero es la mejor manera de perderlo. Además, los aranceles del 25% anunciados por Trump podrían asestar un golpe devastador a una industria ya debilitada, con consecuencias sociales y políticas imprevisibles.

«Solo una fuerte movilización de la ciudadanía tiene alguna esperanza de revertir la parábola de declive industrial y moral de Europa»

Las causas de la crisis industrial son complejas. Los economistas suelen citar el alto coste de la energía, el pequeño tamaño medio de las empresas europeas y su limitada capacidad de innovación; y, en el caso del automóvil, la competencia china se ha vuelto cada vez más determinante. Empresas como BYD producen vehículos eléctricos de alta calidad a precios considerablemente inferiores. En Bruselas, esta ventaja se atribuye a subsidios estatales “injustos”, una explicación que, en última instancia, contribuye al problema: refleja cuánto los europeos siguen creyendo en leyendas neoliberales sobre la competencia de mercado, mientras sus competidores (China y Estados Unidos) nunca han dejado de hacer política industrial, ni siquiera en su momento de máxima fe en los mercados.

Este enfoque ha convertido a la Comisión Europea en una autoridad con poder disciplinario considerable en materia de competencia, pero con capacidad limitada para invertir o dirigir estratégicamente. La desconfianza estructural hacia las ayudas de Estado ha llevado a Europa a depender cada vez más de sus socios comerciales, de Estados Unidos en el ámbito digital y de China en tecnologías clave de la transición verde, como los paneles solares, de los que importa cerca del 90%. Los dirigentes europeos creyeron durante años que China acabaría convergiendo hacia un capitalismo desregulado, pero ocurrió exactamente lo contrario: combinando planificación estatal, propiedad pública en sectores estratégicos y fuerte inversión en I+D, Pekín pasó de producir bienes de bajo valor añadido a dominar sectores avanzados como la electrónica, las baterías o el vehículo eléctrico.

Lo que ocurrió con la industria solar es paradigmático. A comienzos de los 2000, Europa lideraba la producción fotovoltaica. Hoy produce apenas una fracción de los paneles que instala. Mientras hace una década los europeos aplicaban la “austeridad” destruyendo sus economías, China invertía más de 50.000 millones de dólares en capacidad manufacturera fotovoltaica, lo que le permitió controlar una industria que vale hoy cientos de miles de millones anuales. Lejos de ser un despilfarro, fue una inversión estratégica altamente rentable. La industria automotriz europea arriesga repetir exactamente ese error y, aunque Europa parece haberse dado cuenta de que tiene que recuperar su política industrial, sus iniciativas han sido hasta el momento extremadamente limitadas en recursos e impacto. Aprender de China no significa emular su sistema político, sino recordar una verdad incómoda: el capitalismo europeo fue más productivo cuando no fue puramente de mercado. Durante los Trente Glorieuses, países como Francia e Italia construyeron economías mixtas donde la industria pública fue clave para crear escala y coordinar inversiones. Mirar hoy a China significa, también, volver a esa tradición europea.

«Solo una fuerte movilización de la ciudadanía tiene alguna esperanza de revertir la parábola de declive industrial y moral de Europa»

 

España ejemplifica este potencial. El intervencionismo estatal en el sector energético y de las baterías está comenzando a producir resultados: el bajo coste energético, gracias a las renovables, atrae a fabricantes chinos de automóviles eléctricos como SAIC y Chery. En el nuevo contexto geopolítico, España y Europa tienen la oportunidad de aprovechar la colaboración con empresas chinas para obtener transferencia tecnológica, emulando la propia estrategia que China utilizó con las inversiones extranjeras.

Este caso señala que no todo está perdido para la industria europea, pero existen intereses que habrá que superar. En Europa prospera hoy una nueva “burguesía compradora” que prefiere vivir de actividades de bajo riesgo, como el turismo o la especulación inmobiliaria, y que lastran para el resto de la economía. A esto se suman la resistencia de las élites políticas a cualquier intervencionismo continental y una extrema derecha que ha apostado su capital político en frenar la transición industrial verde. Incluso análisis recientes como los informes Draghi y Letta, aunque reconocen la gravedad del declive, buscan soluciones en la profundización del mercado único sin abordar el problema central: la falta de control político sobre las capacidades productivas estratégicas. Solo una fuerte movilización de la ciudadanía europea tiene alguna esperanza de revertir esta parábola de declive industrial y moral. Rehacer la fábrica no es una consigna ideológica: es un imperativo de supervivencia económica y política para Europa.

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Paolo Gerbaudo es sociólogo, profesor e investigador en la Universidad Complutense de Madrid. Anteriormente fue profesor en el King’s College de Londres (2012-2023), donde fundó y dirigió el Centro de Cultura Digital.