
Un punto de apoyo ecologista para mover, por fin, el mundo
TribunaPor Emilio Santiago Muíño (*)
La política industrial está de vuelta. Hace cuarenta años era un anatema o una herejía. Hasta el punto de que un ministro socialista español en la época de Felipe González, Carlos Solchaga, pudo afirmar una conocida sentencia que ha envejecido especialmente mal: «la mejor política industrial es la que no existe». La crisis del 2008 fue el parteaguas: Europa respondió con la enfermedad económica autoinducida de la austeridad; China, con uno de los paquetes expansivos más impresionantes de la historia, con una clara orientación hacia el desarrollo industrial innovador del país, que ha permitido al gigante asiático consolidar su milagro económico y posicionarse en la vanguardia tecnológica mundial. En 2020, con la pandemia, la Unión Europea había tomado nota. La respuesta fue diametralmente opuesta a la del 2008: eurobonos y directrices claras de fortalecimiento industrial europeo. Pero la década perdida de la austeridad había hecho mella en la economía de la eurozona. Hasta el propio Draghi recoge hoy en sus informes que una política industrial ambiciosa es la única posibilidad para que Europa vuelva a ser una región competitiva.
En medio de este cambio de paradigma, y contribuyendo a él, ciertas corrientes del ecologismo entendieron que este retorno de la política industrial podía y debía declinarse al verde. Este fue el corazón de la propuesta del Green New Deal a finales de la década de los diez. Y, aunque el término se ha desgastado, el programa no solo sigue siendo válido, sino que se ha fortalecido: utilizar la descarbonización y la electrificación general que nos impone la emergencia climática como un impulso con efecto arrastre modernizador en todo el sistema productivo es una apuesta que permite colocar en el centro de un proyecto de país ecologista la innovación técnico-científica, el empleo verde, la redistribución de riqueza y el Estado emprendedor como agente macroeconómico.
«La política industrial le ofrece al ecologismo su mayor proyección política para construir mayorías sólidas»
En términos narrativos, dejando a un lado las cuestiones de cómo aterrizar la propuesta en políticas públicas concretas, la política industrial verde supone un giro de 180º en la estrategia ecologista: energía barata, limpia y abundante como promesa, científicamente certificada, que permite el paso de la lucha por el reparto igualitario de la escasez a la lucha por el reparto igualitario de la abundancia; de la aplicación democrática de la contención a la liberación democrática de las posibilidades de nuevos lujos compatibles con los límites planetarios. La apertura del teatro de operaciones político para el ecologismo es radical. Si a ello sumamos la revalorización geopolítica que están adquiriendo las energías renovables por su cualidad de instrumentos capaces de garantizar soberanía, seguridad energética y libertad frente a los poderes despóticos e imperiales de un mundo fósil en plena descomposición, la idea de política industrial verde revela todo su potencial. Por usar la conocida idea de Arquímedes, si durante cincuenta años el ecologismo ha movido tan poco el mundo, es porque le faltaba un punto de apoyo como este para construir mayorías favorables a su agenda. Hoy, conceptos como sostenibilidad climática, competitividad económica, soberanía, libertad geopolítica e incluso democracia confluyen y se alinean en una misma misión: aprovechar, mediante políticas industriales verdes, el potencial económico disruptivo de las renovables. Si la política industrial verde hoy es un horizonte mainstream en Europa es porque en ella convergen muchas soluciones a problemas distintos: desde el agotamiento del régimen de acumulación neoliberal a la autonomía estratégica en un mundo hostil pasando por la posibilidad de integrar y sacar partido al potencial de las energías renovables y la electrificación.
Además, la política industrial verde transforma el enfoque general de la política climática, que explica parte de su fracaso. Siguiendo la fórmula carrot-first (zanahoria primero) de Jonas Meckling, la política industrial invierte la secuencia con la que hemos emprendido la descarbonización desde la Cumbre de la Tierra de Río 92. En vez de confiar en que la señal de precio del carbono reordene el sistema productivo, generando enormes tensiones sociales por el camino, lo que hace la política industrial es crear ganadores que puedan ser políticamente leales a la transición ecológica desde el principio: empresas, inversores, trabajadores, territorios enteros y la ciudadanía en su conjunto pueden empezar así a experimentar desde ya la descarbonización como una fuente de oportunidades materiales.
«España podría dar el salto de la periferia al corazón mismo del motor económico europeo. En muchos siglos, no habíamos tenido una oportunidad para reinventar el país como esta»
Este debate es especialmente relevante para un país como España, que ha llegado sistemáticamente tarde a todas las grandes oleadas de innovación industrial del pasado. En parte por incompetencia de nuestras élites políticas y empresariales, pero también por lo desagradecida que ha sido nuestra geografía, con una productividad agrícola difícil, un régimen hídrico y una orografía muy irregulares y una marcada pobreza en términos de combustibles fósiles. Sin embargo, en el nuevo marco energético, su potencial es espectacular: somos el más claro candidato europeo a superpotencia renovable. Bien manejada políticamente, con una política industrial verde decidida que discipline el capital para lograr inversión productiva y no se limite a exportar electrones o vectores energéticos (aunque el comercio energético pueda tener un papel), España podría dar el salto de la periferia al corazón mismo del motor económico europeo. En muchos siglos, no habíamos tenido una oportunidad para reinventar el país como esta.
En su aplicación práctica, la política industrial verde enfrentará numerosos desafíos y abrirá un abanico de conflictos muy diversos. Pero quiero cerrar este texto, que se centra en su dimensión narrativa, señalando dos puntos de fricción discursiva que vendrán (ya están viniendo) desde dentro del ecologismo: curiosamente, al mismo tiempo que la política industrial le ofrece al ecologismo su mayor proyección política para construir mayorías sólidas, una parte de él se está declarando enemigo de la política industrial verde. A mi juicio, esto responde a muchos factores, pero señalo dos: la desconfianza excesiva en la innovación tecnológica y la querencia ecologista por lo local, lo comunitario, y la pequeña escala como única opción transformadora. El ecologismo del siglo XXI necesita afrontar debates serios sobre estos dos aspectos de su ideario, que han quedado desfasados, y que nos están impidiendo aprovechar políticamente una novedad histórica que deberíamos celebrar porque, esencialmente, ha sido hija de nuestros esfuerzos.
(*)
Emilio Santiago Muiño es doctor en Antropología Social y científico titular del CSIC. Su campo de trabajo es la dimensión sociocultural y política del binomio crisis ecológica-transiciones ecosociales. Su último libro, Vida de ricos (Lengua de Trapo, 2025), aborda cómo vivir una vida deseable en tiempos de emergencia climática.